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ArqueologÃ￾a Y Caminos PrehistÓricos En El Tajo Central (espaÑa

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ARQUEOLOGÃ￾A Y CAMINOS PREHISTÓRICOS EN EL TAJO CENTRAL (ESPAÑA


A diferencia de lo que sucede en otras partes de Europa, donde caminos, pasarelas, cercados y otras infraestructuras de madera y tierra se han preservado hasta nuestros días con cierta facilidad debido a particulares circunstancias climáticas e históricas, esto no suele ser lo habitual en España, donde, a excepción de los accesos "fosilizados" con improntas de ruedas de carro de las entradas de algunos poblados de la Edad del Hierro como La Hoya, Meca, Ulaca y, dentro del valle del Tajo, la casa de Soto y el Castillo de Oreja, apenas quedan evidencias arqueológicas directas de caminos prehistóricos, que bien han pasado desapercibidos bien se han desvanecido por circunstancias medioambientales poco favorables bien han sido arrasados por la acción de la maquinaria moderna tanto agrícola como de obras públicas.
Ante este panorama en principio desolador, el mejor y frecuentemente único recurso para tratar de aproximarnos a la malla de vías de comunicación prehistóricas de una región consiste en cartografiar aquellos indicadores arqueológicos que pudieran estar vinculados más o menos indirectamente con rutas y caminos, si bien somos conscientes de que nuestra aproximación será siempre parcial. Estos posibles indicadores son, en primer lugar, los propios asentamientos prehistóricos, pues resulta verosímil suponer que, aun cuando en el área de estudio y durante gran parte de la Prehistoria dichos asentamientos fueron temporales, debieron de estar conectados entre sí de una u otra forma y, de hecho, su ubicación suele obedecer a unas constantes de emplazaiento.
En segundo lugar pero no menos importante, están los objetos foráneos localizados por la Arqueología en algunos de estos asentamientos, objetos que, precisamente por su procedencia o elaboración extralocal, serían generalmente portadores de estatus o prestigio para sus poseedores (Helms 1988, Ruiz-Gálvez 1998). A dichos elementos se unirían otros que, aunque de manufactura claramente local, podrían relacionarse igualmente con algún tipo de posición predominante por su especial significación económica o social. Por tanto, resulta verosímil suponer que hallazgos de ambos tipos señalarían los poblados más relevantes de cada época, aquellos que regirían el diseño de la malla de vías de comunicación, a través de la cual, sin duda, habrían viajado los foráneos.
La comparación de la cartografía de los asentamientos y elementos extralocales de una región, que suponemos vinculados a rutas prehistóricas, con el trazado de los caminos tradicionales de la misma permitiría, finalmente, evaluar la posible relación existente entre aquéllas y éstos y, en consecuencia, la eventual antigüedad de determinadas vías de comunicación de época histórica. Sin embargo, una investigación como la descrita no quedaría completa desde nuestro punto de vista si no se enmarcara en un análisis general de las interrelaciones y comunicaciones de la Meseta y aún del conjunto de la Península Ibérica a lo largo de la Prehistoria. En efecto, los elementos de procedencia o inspiración extralocal podrían indicarnos con qué otros ámbitos geográficos e incluso culturales mantenían contacto los habitantes de la zona de estudio; un contacto que pudo materializarse por mecanismos muy diversos que van desde los intercambios entre comunidades vecinas, insertos a su vez en redes globales que pondrían en contacto zonas muy alejadas, hasta el comercio a larga distancia propiamente dicho de las etapas más avanzadas, pasando por la proverbial intervención de buhoneros, ganaderos y artesanos itinerantes.
El análisis de la caminería prehistórica, que, precisamente por las dificultades expuestas, no cuenta con demasiados adeptos en la región (Bueno 1991, Galán y Martín 1991-2, Galán 1993, Blasco y otros 1994, Ruiz-Gálvez 1991, 1992, 1993, 1995, 1998, Martín 1998, Bueno y otros 1999, Galán y Ruiz-Gálvez e.p.), es una cuestión que siempre nos ha interesado y sobre la que ya hemos tratado de una u otra forma en diversos estudios sobre la Prehistoria del Tajo Central (Muñoz 1993, 1998, 1999a y b, 2000, e.p.a y c, Muñoz y otros 1995, Garrido y Muñoz 1997, Muñoz y Ortega 1997, López y otros 1999, Muñoz y Madrigal 1999 y e.p., Muñoz y García e.p.). Este mismo marco geográfico, que viene definido por las confluencias de los ríos Tajuña, Jarama, Tajo, Algodor y Guatén (fig. 1), situadas en la cuenca media del Tajo y en el centro de la Meseta española, ha sido el elegido para el estudio que aquí presentamos, aunque ocasionalmente lo ampliemos a la Meseta Sur cuando la calidad de los datos así lo permita y siempre indicándolo convenientemente. La particular posición del área de estudio en el entramado fluvial del interior peninsular la convierte en enclave privilegiado del mapa de las comunicaciones meseteñas a través de los valles de los citados ríos y de otros, como el Henares y el Manzanares, que desaguan en el Jarama.
En cuanto al ámbito cronológico, hemos elegido la Prehistoria Reciente, esto es, desde el Neolítico (IV milenio a.C. ó V milenio cal. A.C.) a fines de la Edad del Hierro (siglo II a.C.), por ser igualmente la secuencia sobre la que hemos venido desarrollando nuestros trabajos. En todo caso, creemos que la amplitud de las coordenadas espaciales y temporales es en general necesaria al abordar un tema tan espinoso como la caminería prehistórica, puesto que, salvo excepciones, su análisis sólo puede ofrecer resultados medianamente fiables y significativos si se aborda a gran escala.
Los dats a partir de los que hemos realizado esta investigación proceden de las prospecciones de la Carta Arqueológica de la Comunidad de Madrid y del Inventario Arqueológico de la Provincia de Toledo así como de diversas excavaciones, recogidas todas en nuestra Tesis Doctoral (Muñoz 1998, 1999, 2000 y e.p.c) y de las que hemos sido titular en numerosas ocasiones. Para evitar una multiplicación innecesaria de las citas, quisiéramos señalar, por último, que a estos cuatro títulos se referirán siempre los datos o hipótesis relativas al repertorio material, al poblamiento, a la organización económico-social y a las comunicaciones prehistóricas que expongamos a lo largo de este estudio, a los que podrán añadirse eventualmente otras precisiones bibliográficas.
II. LOS DATOS ARQUEOLÓGICOS
II.1. Los asentamientos
El poblamiento prehistórico del Tajo central, que durante milenios tuvo un carácter temporal, se sitúa básicamente en las terrazas o en las primeras elevaciones de las márgenes de los ríos y principales arroyos, lo que ofrece pistas sobre su orientación económica, a la que básicamente obedece dicha ubicación, basada en el aprovechamiento ganadero de los pastos húmedos de la vega y de los manantiales salinos de los farallones que la bordean.
Dicha malla fue probablemente la única existente durante el Neolítico (fechable entre comienzos del IV y comienzos del III milenio a.C. ó entre mediados del V y comienzos del IV milenio A.C. en cronología calibrada), cuando los escasos establecimientos documentados se sitúan sistemáticamente en las confluencias fluviales (fig. 2, Muñoz e.p.b), como parece ser general en el centro de la cuenca del Tajo (Mercader y otros 1989, Jiménez Guijarro 1998). Y aunque el número de asentamientos aumentó considerablemente en el Calcolítico (de comienzos del III a comienzos del II milenio a.C. ó de mediados del IV a finales del III milenio cal. A.C.), sin embargo, la disposición de gran parte de los mismos siguió siendo básicamente similar (fig. 3).
Entre finales del Calcolítico y comienzos de la Edad del Bronce (de comienzos del II milenio al siglo XV a.C. ó de finales del III milenio a la segunda mitad del II milenio cal. A.C.) terminó de definirse una segunda línea de poblamiento algo más alejada de los cauces principales y vinculada a las márgenes y cabeceras de los pequeños arroyos afluentes, en cuyas plataformas existen importantes extensiones de inmejorables suelos agrícolas de secano (figs. 4 y 5). La relevancia creciente de esta segunda línea de asentamientos, manifiesta en indicadores como la extensión de los mismos o la presencia en ellos de determinados elementos vinculados con el prestigio, llegó a superar a la de los poblados vinculados más directamente a la vega. Esta circunstancia estaría probablemente relacionada con un crecimiento demográfico, que empujaría a "colonizar" nuevos terrenos, antes cubiertos de encinares, y con un progresivo aumento de la importancia de las actividades agrícolas, que, menos necesitada de la movilidad propia de las ganaderas, resultaría más adecuada para un contexto general de densificación y concentración del poblamiento. Desde inicios del Calcolítico hasta comienzos de la Edad del Bronce y como consecuencia de ese mismo proceso expansivo se estableció asimismo una tercera red de establecimientos situada en los bordes de la Mesa de Ocaña, verosímilmente relacionados con el aprovechamiento cinegético de los manantiales que allí nacen y/o con la explotación agropecuaria de sus veguillas.
Durante el Bronce Medio y Final (del siglo XV/XIV al siglo IX a.C. ó de mediados del II milenio al tránsito II/I milenio cal. A.C.), etapa que se ha identificado desde el punto de vista material con las famosas cerámicas llamadas "de Cogotas I", los asentamientos volvieron a replegarse y a concentrarse casi exclusivamente en las vegas, probablemente por a conjunción de un retroceso demográfico con un cierto resecamiento del clima que facilitarían en gran manera una vuelta al predominio de las actividades ganaderas (fig. 6).
A comienzos de la Edad del Hierro (siglo IX a.C. ó tránsito II/I milenio cal. A.C.) la paulatina recuperación de la demografía trajo consigo una tímida vuelta a la ocupación de las cabeceras de algunos barrancos, incluídos los que nacen en los bordes de la Mesa de Ocaña (fig. 7), y al aumento de la importancia de las actividades agrícolas, donde parece que comenzaron a incorporarse por primera vez novedades fundamentales para la rentabilidad de los cultivos como el estercoleo, la rotación de cultivos y el empleo del arado verosímilmente con tracción animal. Quizá estas mejoras tecnológicas permitieron que se produjera por primera vez en la región la sedentarización del poblamiento, una circunstancia que con anterioridad sólo se había insinuado en algunos enclaves de comienzos de la Edad del Bronce sin que tuviera continuidad.
La culminación de este proceso es la aparición durante los primeros momentos de la Segunda Edad del Hierro, allá por el siglo IV a.C./cal. A.C., de una red de grandes poblados permanentes situados en elevaciones de paredes escarpadas, vinculados a los mejores suelos agrícolas y a los puntos de aprovisionamiento de sal, en cuyo acerbo material aparecen ya las cerámicas a torno y la metalurgia del hierro (fig. 8). Algunos de dichos poblados, que con el tiempo crecieron enormemente y fueron fortificados, terminarían siendo sustituídos por asentamientos en llano en los momentos más tardíos, siguiendo esquemas ya típicamente romanos (Muñoz y Madrigal 1999 y e.p., Ribagorda y Muñoz 1995-6).

II.2. Los elementos de procedencia extralocal

Los objetos de procedencia foránea que supuestamente podemos vincular con el prestigio son, en primer lugar, los elementos metálicos más complejos, cuyos moldes no se han recuperado en el área de estudio pero sí se conocen o están mejor acreditados en otras regiones peninsulares. Así sucede, por ejemplo, con las puntas Palmela y las alabardas del Calcolítico Final-Bronce Antiguo, con el vaso con incrustaciones de cobre, el pasarriendas de carro, el colgante y la cazuelilla o remate de timiaterio de la Primera Edad del Hierro, con diversas fíbulas de la Segunda Edad del Hierro y, en general, con cualquier elemento de plata u oro. De procedencia claramente foránea son asimismo algunos recipientes cerámicos especiales como las cerámicas griegas, de barniz rojo y campanienses.
Entre los elementos elaborados localmente pero que, sin embargo, podemos asociar de una u otra forma a la preminencia económico-social se encuentran, en primer lugar, aquellas cerámicas cuya cuidada elaboración y decoración, como en el caso campaniforme y de Cogotas I, requieren una importante inversión de tiempo y que se utilizarían en fiestas o ceremonias de carácter exclusivo o prestigioso. Pero también aquellos tipos particulares de barros cuya inspiración es claramente ajena a la tradición local, como las fuentes de borde almendrado, los vasitos con "pastillas repujadas" y las "pesas de telar" decoradas del Calcolítico, la vasija con lotos incisos de la Primera Edad del Hierro, así como los recipientes verosímilmente vinculados con el almacenaje y la acumulación de excedentes agrícolas, como las grandes orzas del Bronce Antiguo.
Los yacimientos donde dichos hallazgos concurren o se concentran se sitúan durante el Calcolítico, el Bronce Pleno-Final, buena parte del Hierro Antiguo y los momentos finales de la Segunda Edad del Hierro en las márgenes de los principales cursos fluviales, es decir, en la que llamaremos "primera línea de poblamiento". Sin embargo, durante el Calcolítico Final-Bronce Antiguo y, en menor medida, a comienzos de la Segunda Edad del Hierro los principales poblados se localizan igualmente en las cabeceras de los pequeños arroyos afluentes de aquélos, conformando la que bautizaremos como "segunda línea de poblamiento" y mostrando el mayor o menor basculamiento hacia el predominio de las actividades agrícolas del que ya hemos hablado. Si analizamos este tipo de hallazgos en un mapa a escala regional, podemos observar cómo a medida que avanza la Edad del Hierro comienzan a destacar una serie de poblados situados no sólo en las orillas del Jarama y su confluencia con el Tajo sino también en las del Guatén y, sobre todo, en una interesante alineación que atraviesa de norte a sur el sector oriental de la Mesa de Ocaña
 
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Los mencionados elementos foráneos así como diversos rasgos de inspiración extralocal rastreables en la tipología y la decoración cerámica y en los ámbitos habitacional y funerario y en cuya distribución pudieron intervenir eventualmente relaciones de tipo exogámico o familiar, permiten vincular la zona de estudio con regiones peninsulares muy distintas (fig. 9). Entre las más próximas destaca el Sistema Central, donde parecen remitir los minerales de cobre detectados en la metalurgia local (Rovira y Montero 1994) y las piedras con las que se elaboró la industria pulimentada y los molinos barquiformes (Millán y Arribas 1994). Entre las más alejadas tuvo particular relevancia el cuadrante suroccidental peninsular, con el que los contactos parece que fueron particularmente intensos durante el Calcolítico, probablemente debido a la relevancia del mundo portugués y onubense (Muñoz y otros 1995, Muñoz y García e.p.). Estas vinculaciones fueron atenuándose un tanto desde comienzos de la Edad del Bronce, por el debilitamiento del citado mundo frente al argárico del Sureste peninsular, y volvieron a reforzarse claramente a comienzos de la Primera Edad del Hierro por influencia del foco tartésico (Muñoz 1993, Jiménez Ã￾vila y Muñoz 1997, Muñoz y Ortega 1997, Muñoz 1999b). Sin embargo, los vínculos con el Sureste no se perdieron definitivamente después del Bronce Antiguo sino que recobraron su fuerza desde inicios de la Edad del Hierro (Blasco y otros 1991), conviviendo con otras conexiones con el Mediodía y con el noreste de la Meseta y el valle del Ebro (López y otros 1999, Muñoz 1999b), donde se encontraban los mundos de Campos de Urnas y Celtibérico. Estos contactos meseteños contaron asimismo con precedentes de importancia fechables en el Bronce Pleno y Final.
Mucho más difícil resulta detectar elementos propios del Tajo central en otros ámbitos peninsulares, aunque sin duda debieron de existir si atendemos, por ejemplo, a la existencia de cerámica a torno de tipo "jaspeado" de la Segunda Edad del Hierro en las cuencas del Duero y del Guadiana (fig. 11, Muñoz y Madrigal e.p.).

III. LA RED CAMINERA Y LAS COMUNICACIONES PREHISTÓRICAS

III.1. La malla caminera local

La red caminera local que parece deducirse de la ubicación de los asentamientos de las distintas épocas y de la eventual aparición en ellos de objetos de particular relevancia económico-social parece, pues, que se vinculó en un primer momento exclusiva o preferentemente a las vegas de los principales cursos de agua de la zona de estudio. Ello queda patente desde los primeros establecimientos neolíticos, en las confluencias fluviales (fig. 2), a los asentamientos calcolíticos de las terrazas y de las primeras elevaciones (fig. 3). La existencia de este "camino de la vega", que debió de mantenerse con más o menos variaciones durante toda la secuencia, se vería favorecida por el hecho de que en el caso de estudio se trata de valles amplios, incluso de varios kilómetros de anchura, muy distintos a otros tramos como las hoces del Tajo extremeño, donde éste fluye encajonado entre acantilados (Galán y Martín 1991-2).
Pero entre comienzos y finales del Calcolítico (figs. 3 y 4) debió de añadirse una segunda alineación caminera, que podríamos denominar "camino interior", destinada acomunicar los asentamientos emplazados en las cabeceras de los pequeños barrancos, particularmente en sectores y etapas, como el Bronce Antiguo (fig. 5), en que dichos asentamientos fueran más estables, relevantes y/o numerosos, con la posibilidad añadida de que dicho camino sobrepasara en importancia, al menos en esta última etapa, al de la vega. En otros tramos o durante períodos en que el poblamiento fuese más ralo, quizá la nueva caminería se limitó a algunos "ramales transversales" que permitieran su comunicación con el camino principal de la vega, ramales que con más razón debieron de existir si en verdad funcionaron simultáneamente las dos alineaciones paralelas propuestas. Una situación similar pudo producirse en las comunicaciones calcolíticas de las cabeceras de los arroyos de la Mesa de Ocaña respecto a los principales valles fluviales. Por último, la existencia de poblados situados en muelas y cerros de laderas muy escarpadas durante el Bronce Antiguo indicaría quizá la importancia que factores defensivos y estratégicos, quizá vinculados al propio control visual de las vías de comunicación, pudieron tener por entonces.
Tras el paréntesis del Bronce Pleno-Final, en que el poblamiento se repliega drásticamente a los principales valles fluviales con la consiguiente desaparición o debilitamiento del camino interior y de los ramales transversales (fig. 6), el comienzo de la Edad del Hierro hubo de asistir necesariamente al restablecimiento de la doble malla caminera tanto en los pequeños barrancos como en los bordes de la Mesa de Ocaña (fig. 7). Es cierto, sin embargo, que el notable predominio de los asentamientos carpetanos situados en la primera línea del valle respecto a los que ocupan la segunda debió mantener la preminencia del camino de la vega respecto a los caminos interiores durante la Segunda Edad del Hierro (fig. 8). En el mismo sentido hablaría la estrecha vinculación aparente entre la posición de varios poblados principales de la Edad del Hierro con algunos de los principales vados y confluencias fluviales (ver infra), sin que debamos rechazar tampoco la posible existencia ya en esta etapa de barcas y puentes de barcas.
Finalmente, el proceso de sedentarización del poblamiento que se produjo a lo largo de la Edad del Hierro debió de conllevar un afianzamiento paralelo de la trama caminera, que analizaremos en el apartado siguiente, de forma similar a lo que sucedió en el ámbito funerario. En efecto, a finales de la Primera Edad del Hierro aparece por primera vez en la Prehistoria de la región el concepto de necrópolis o cementerio permanente, entendido como espacio definido específicamente funerario, inmediato al poblado, al que se encuentra indisolublemente ligado, pero del que, sin lugar a dudas, se encuentra diferenciado y separado desde el punto de vista topográfico.
III.2. Las comunicaciones a escala peninsular
Resulta lógico pensar que las principales rutas que pudieron comunicar el área de estudio con los ámbitos peninsulares a los que remiten o de donde proceden los elementos e influencias foráneas que hemos descrito se articularían en torno a las principales vías de comunicación naturales: los valles fluviales. La privilegiada "red vial" de que en este sentido dispone la zona de estudio, unida a la propia posición central de la misma en el mapa de la Península Ibérica, permite el contacto con las cuencas del Duero y del Ebro a través de las cabeceras del Tajuña, del Jarama y del Guatén-Manzanares, con Levante a través de la cabecera del Tajo, con La Mancha, Andalucía y el Sureste a través del Algodor y la Mesa de Ocaña, y con el Occidente peninsular aguas abajo del Tajo y del Guadiana (fig. 9). Esta misma circunstancia, unida a la extraordinaria riqueza de las grandes vegas, contribuiría en gran medida a explicar la excepcional importancia del registro arqueológico de la comarca. Sin embargo, a lo largo de la Edad del Hierro comienzan a detectarse otras rutas alternativas a los grandesvalles y, en particular, un eje que atraviesa el oriente de la Mesa de Ocaña de norte a sur (figs. 10 y 11).
 
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Resulta verosímil que dichas comunicaciones se realizaran a través de intercambios y traslados personales y materiales de corto recorrido que pudieron enlazarse hasta constituir mallas de largo alcance. Así pues, nos parece un tanto desmesurada la tradicional identificación de la aparición de cerámicas de Cogotas I en gran parte de la Península Ibérica con una auténtica "expansión" vinculada al movimiento de los pastores y los rebaños a través de grandes rutas trashumantes, pareciendo mucho más adecuado pensar en la existencia de rutas trasterminantes independientes que, evidentemente, quedaban conectadas en determinados puntos. Igualmente quizá sólo a partir de la Edad del Hierro podría hablarse de la existencia de algún tipo de actividad comercial, preludiada por la importancia creciente que las comunicaciones parecieron tener no sólo en la Península Ibérica sino en toda Europa a partir del Bronce Final.
También en la Edad del Hierro parece que pudo introducirse en la región el carro, una innovación que sería, sin duda, fundamental para las comunicaciones y el transporte en un mundo donde con anterioridad sólo existían los movimientos a pie y quizá sobre pequeñas embarcaciones fluviales. Sin embargo y teniendo en cuenta que el primer ejemplar de carro conocido en la zona sería un ejemplar de parada probablemente destinado a la ostentación de un líder más que a fines utilitarios (Jiménez Ã￾vila y Muñoz 1997), cabe pensar que una cierta incorporación de esta novedad tecnológica al traslado de personas y mercancías no debió de producirse hasta fechas muchísimo más tardías.
IV. DE LAS RUTAS PREHISTÓRICAS A LOS CAMINOS TRADICIONALES
Para tratar de evaluar cuánto se asemeja la supuesta malla de rutas prehistóricas que hemos diseñado a la red de caminos tradicionales y cañadas de la zona de estudio más allá del lógico y permanente polo de atracción de la vega, hemos cuantificado el porcentaje de establecimientos de cada época que se encuentran próximos e inmediatos a estas vías. Los resultados, representados en la figura 12, indican a las claras cómo dicha coincidencia se hace más notable a partir del Bronce Final y, sobre todo, en la Edad del Hierro.
En este última etapa resulta particularmente significativa la ubicación de los poblados principales junto a los vados, las confluencias y los cruces de caminos más relevantes (Muñoz y Madrigal 1999), hasta el punto de que en algunos casos podría pensarse en el control específico de dichos puntos de paso. Así sucede en el yacimiento de Puente Largo de Jarama, situado junto al puente epónimo sobre un vado del Jarama donde confluyen la Vereda Toledana, que corre por la margen derecha del Tajo, y la Senda Galiana, que desciende por la margen izquierda del Jarama, ambas a su vez receptoras de otros importantísimos viales como la Cañada Real Soriana Oriental y la Cañada Segoviana (Muñoz y Ortega 1997). En el posible surgimiento durante la Segunda Edad del Hierro de algunos de los más importantes caminos utilizados después por la trashumancia habría de interpretarse la ya descrita creciente relevancia del camino del Guatén y del eje norte-sur del oriente de la Mesa de Ocaña, coincidentes con un ramal de la Cañada Segoviana y con la Cañada Real Soriana Oriental respectivamente (fig. 11). Estas circunstancias podrían entenderse mejor, finalmente, en un contexto general donde la sedentarización del poblamiento a lo largo de la Edad del Hierro habría traído consecuencias seguras en el afianzamiento de la trama caminera.


Figura 1: La zona de estudio y su ubicación en la Meseta Sur y en la Península Ibérica.

Figura 2: Asentamientos neolíticos y vías de comunicación tradicionales en la zona de estudio. Los cuadrados representan los poblados y establecimientos, los rombos los vados y los triángulos las barcas y puentes de barcas.

Figura 3: Asentamientos de comienzos y mediados del Calcolítico y vías de comunicación tradicionales en la zona de estudio. Los cuadrados representan los poblados y establecimientos, los rombos los vados y los triángulos las barcas y puentes de barcas.

Figura 4: Asentamientos del Calcolítico Final y vías de comunicación tradicionales en la zona de estudio. Los cuadrados representan los poblados y establecimientos, los rombos los vados y los triángulos las barcas y puentes de barcas.

Figura 5: Asentamientos del Bronce Antiguo y vías de comunicación tradicionales en la zona de estudio. Los cuadrados representan los poblados y establecimientos, los rombos los vados y los triángulos las barcas y puentes de barcas.

Figura 6: Asentamientos del Bronce Medio y Final y vías de comunicación tradicionales en la zona de estudio. Los cuadrados representan los poblados y establecimientos, los rombos los vados y los triángulos las barcas y puentes de barcas.

Figura 7: Asentamientos de la Primera Edad del Hierro y vías de comunicación tradicionales en la zona de estudio. Los cuadrados representan los poblados y establecimientos, los rombos los vados y los triángulos las barcas y puentes de barcas.

Figura 8: Asentamientos de la Segunda Edad del Hierro (siglo IV a.C./cal. A.C.) y vías de comunicación tradicionales en la zona de estudio. Los cuadrados representan los poblados y establecimientos, los rombos los vados y los triángulos las barcas y puentes de barcas.

Figura 9: Relaciones peninsulares del registro prehistórico del Tajo central. De izquierda a derecha y de arriba abajo: Neolítico, comienzos-mediados del Calcolítico, Calcolítico Final, Bronce Antiguo, Bronce Medio-Final y Primera Edad del Hierro.

Figura 10: Asentamientos y elementos foráneos en la Meseta Sur durante la Primera Edad del Hierro (según Muñoz y Madrigal e.p.): 1-Elementos meridionales; 2-Elementos septentrionales.

Figura 11: Asentamientos y elementos foráneos en la Meseta Sur durante la Segunda Edad del Hierro (según Muñoz y Madrigal e.p.): 1-Materiales ibéricos; 2-Materiales célticos; 3-Cerámica ática; 4-Cerámica con decoración jaspeada fuera de Carpetania; 5-Vías pecuarias.