alabama
23-nov-2006, 11:02
Ya sabreis perdonar al que suscribe si se me va la mano o la lengua, pero las fechas y nuestra situación socio-político-cultural me han hecho mirar al pasado en estos días de asueto americano.
Como la memoria de los que nacimos en los 40-50 y 60, ya no digo a posteriori, no nos alcanza a recordar el período 1931-1936 que comenzó con una gran ilusión colectiva y terminó en una de las mayores, si no la mayor, tragedias de nuestra Historia, todo lo que sabemos de esa época es producto de los testimonios ajenos y de interminables lecturas. Los cuales, como es natural ofrecen visiones parciales y casi siempre contradictorias pero que en su conjunto permiten alcanzar una versión aproximada a la realidad y, desde luego, una conclusión en la que deberíamos estar todos de acuerdo: Nunca más ese Genocidio fraticida, que nada impida la convivencia de los españoles.
Las circunstancias de la Historia de España me situaron hace treinta años frente a una familia del Régimen, un padre militar profesional de carrera, un abuelo Héroe de guerra y una madre que escenificaba el papel asignado a las mujeres de la época con toda la dignidad y el buen hacer que podía.
Jamás he dudado de su buena fé pero se oponian a la reforma política que debía de llevarnos a la DEMOCRACIA desde el Régimen autoritario que había nacido de la guerra. Ellos pensaban que la experiencia no había sido mala, si la comparaban con lo que habían vivido antes, y veían graves riesgos en el regreso a fórmulas que habían visto derrumbarse y fracasar estrepitósamente.
Al contrario, yo con mis dieciseis años, ahora confieso que tengo 47 y no 43, pensaba que nuestro traje político nos quedaba estrecho en la barriga y rancio por estar pasado de moda, entre otras razones, por la transformación material y educativa que se había producido en España y porque era absolutamente legítimo que las generaciones que no habían vivido la guerra civil quisieramos para nosotros lo que tenían los británicos, los franceses, los holandeses o los italianos, con quienes aspirábamos a convivir y a equipararnos. El día que se firmó la CONSTITUCION, todos los partidos, senadores, diputados y la gran mayoría de los españoles sellamos esa hermandad, esa concordia nacional y nos encaminamos para conseguir llevar a España al punto de equipararse con el resto.
Hoy compruebo con tristeza que de nuevo nos dividen las interpretaciones del pasado, y que lo hacen no para generar pluralidad de opiniones, sino en comprometidos y arriesgados intentos de revisar la Historia. Tantos años de predicar, por parte de unos y de otros, la reconciliación, ¿quiénes eran los que se tenían que reconciliar? Yo pense siempre que la reconciliación era entre los que habían colaborado con el Régimen surgido de la guerra y quienes habían sufrido las consecuencias de la derrota, y así lo debieron de entender el Ministro secretario general del Movimiento y el secretario general del Partido Comunista de España, los gobernadores civiles, el Presidente de la Generalitat, el el presidente del PNV y el secretario general del Partido Socialista Obrero Español. La transición política que admiró al mundo y que tantos beneficios trajo a España fué fruto de la voluntad de casi todos y del esfuerzo común.
¿Que sentido tiene despues de treinta años volver a exaltar en términos políticos y sin dejar el tema al análisis de los historiadores las excelencias de una República idealizada y los pretendidos méritos democráticos de cuantos luchaban en su favor, atribuyendo la condición de fascistas a quienes impidieron su deriva hacia la dictadura del proletariado?
Como no se explican a los más jóvenes los antecedentes de aquella situación ni las gravísimas responsabilidades de los muchos iluminados políticos que condujeron a ella, y se fomenta la descalificaciónabsoluta de una etapa política que media España recibió con alborozo, hemos llegado a una situación rigurosamente patológica: reconciliados los más viejos, son los sectores de los más jóvenes, alimentados con el veneno del rencor, quienes reavivan los rescoldos de la guerra civil.
Cualquier observador sereno, cualquier español preocupado por nuestra concordia, tiene que aceptar que detrás de la aparente recuperación de la memoria histórica parece agazaparse un declarado y taimado revanchismo, un afán de reescribir dolorosos episodios nacionales y , en definitiva, de reconvertir la reconciliación en "cambio de tortilla".
Me considero a favor de que se compense cualquier sufrimiento y de que se entierre con el decoro y respeto que se merecen a quienes se fusiló en cualquier cuneta, fuera de la izquierda o de la derecha. Jamás he puesto reparaos a que se levanten estatuas a personajes influyentes de la Historia, sean de mi agrado o no. Estoy incluso a favor de la que le erigieron a Largo Caballero(aunque hago constar que hay españoles que todavía se preguntan porque se le levanta una estatua al Lenin de España). La considero el símbolo de la reconciliación asumida por todos.
Aquel espíritu de pacificación y de superación que se selló hace treinta años se ha venido agusanando y a medida que van desapareciendo los testigos se va extendiendo la versión de que en 1975 salimos de una tiranía execrable, de una dictadura de exterminio, de una España gobernada por una pandilla de golpistas que interrumpieron de manera abrupta una idílica situación democrática y metieron a España en un siniestro túnel que duró cuarenta años.
¡A ver que fuerza política se atreve a poner el menor reparo en la demonización del Generalísimo!. Y sin embargo, este afán de ultrajar su memoria a la vez que se exalta la de quienes con su conducta provocaron la reacción de media España, no sólo no contribuye a la mejor convivencia civil, sino que esta despertando enemistades, enfrentamientos y odios absolutamente innecesarios y evitables.
Se quitan todas las estatuas de Franco y se homenajea a Lluis Companys, de quíen el presidente del Consejo de Ministros escribió en la Gaceta de Madrid el 7 de Octubre de 1934 que había olvidado todos los deberes que le imponía su cargo, su honor y su responsabilidad.
No faltara quíen aprovechando este escrito me tache de nostálgico, si es de buen corazón, o concederme el título de "facha" con el que distinguen a los que no piensan como ellos.Tendrán sin embargo que malinterpretarme, porque soy de los que prefieren que Franco esté en la Historia y no en el presente. Esto lo hago por justicia y por un sano ejercicio de autopensamiento.
El silencio para no excitar pasiones puede ser una virtud pero llega un momento en que puede confundirse con cobardía y algunos no queremos merecer ese calificativo. Por eso me atrevo a pedir a los actuales gobernantes de Españaque, sin perjuico de cuantas reparaciones sean posibles,huyan de la tentación de vituperar a media España para tener contenta a la otra media.
Un saludo
Como la memoria de los que nacimos en los 40-50 y 60, ya no digo a posteriori, no nos alcanza a recordar el período 1931-1936 que comenzó con una gran ilusión colectiva y terminó en una de las mayores, si no la mayor, tragedias de nuestra Historia, todo lo que sabemos de esa época es producto de los testimonios ajenos y de interminables lecturas. Los cuales, como es natural ofrecen visiones parciales y casi siempre contradictorias pero que en su conjunto permiten alcanzar una versión aproximada a la realidad y, desde luego, una conclusión en la que deberíamos estar todos de acuerdo: Nunca más ese Genocidio fraticida, que nada impida la convivencia de los españoles.
Las circunstancias de la Historia de España me situaron hace treinta años frente a una familia del Régimen, un padre militar profesional de carrera, un abuelo Héroe de guerra y una madre que escenificaba el papel asignado a las mujeres de la época con toda la dignidad y el buen hacer que podía.
Jamás he dudado de su buena fé pero se oponian a la reforma política que debía de llevarnos a la DEMOCRACIA desde el Régimen autoritario que había nacido de la guerra. Ellos pensaban que la experiencia no había sido mala, si la comparaban con lo que habían vivido antes, y veían graves riesgos en el regreso a fórmulas que habían visto derrumbarse y fracasar estrepitósamente.
Al contrario, yo con mis dieciseis años, ahora confieso que tengo 47 y no 43, pensaba que nuestro traje político nos quedaba estrecho en la barriga y rancio por estar pasado de moda, entre otras razones, por la transformación material y educativa que se había producido en España y porque era absolutamente legítimo que las generaciones que no habían vivido la guerra civil quisieramos para nosotros lo que tenían los británicos, los franceses, los holandeses o los italianos, con quienes aspirábamos a convivir y a equipararnos. El día que se firmó la CONSTITUCION, todos los partidos, senadores, diputados y la gran mayoría de los españoles sellamos esa hermandad, esa concordia nacional y nos encaminamos para conseguir llevar a España al punto de equipararse con el resto.
Hoy compruebo con tristeza que de nuevo nos dividen las interpretaciones del pasado, y que lo hacen no para generar pluralidad de opiniones, sino en comprometidos y arriesgados intentos de revisar la Historia. Tantos años de predicar, por parte de unos y de otros, la reconciliación, ¿quiénes eran los que se tenían que reconciliar? Yo pense siempre que la reconciliación era entre los que habían colaborado con el Régimen surgido de la guerra y quienes habían sufrido las consecuencias de la derrota, y así lo debieron de entender el Ministro secretario general del Movimiento y el secretario general del Partido Comunista de España, los gobernadores civiles, el Presidente de la Generalitat, el el presidente del PNV y el secretario general del Partido Socialista Obrero Español. La transición política que admiró al mundo y que tantos beneficios trajo a España fué fruto de la voluntad de casi todos y del esfuerzo común.
¿Que sentido tiene despues de treinta años volver a exaltar en términos políticos y sin dejar el tema al análisis de los historiadores las excelencias de una República idealizada y los pretendidos méritos democráticos de cuantos luchaban en su favor, atribuyendo la condición de fascistas a quienes impidieron su deriva hacia la dictadura del proletariado?
Como no se explican a los más jóvenes los antecedentes de aquella situación ni las gravísimas responsabilidades de los muchos iluminados políticos que condujeron a ella, y se fomenta la descalificaciónabsoluta de una etapa política que media España recibió con alborozo, hemos llegado a una situación rigurosamente patológica: reconciliados los más viejos, son los sectores de los más jóvenes, alimentados con el veneno del rencor, quienes reavivan los rescoldos de la guerra civil.
Cualquier observador sereno, cualquier español preocupado por nuestra concordia, tiene que aceptar que detrás de la aparente recuperación de la memoria histórica parece agazaparse un declarado y taimado revanchismo, un afán de reescribir dolorosos episodios nacionales y , en definitiva, de reconvertir la reconciliación en "cambio de tortilla".
Me considero a favor de que se compense cualquier sufrimiento y de que se entierre con el decoro y respeto que se merecen a quienes se fusiló en cualquier cuneta, fuera de la izquierda o de la derecha. Jamás he puesto reparaos a que se levanten estatuas a personajes influyentes de la Historia, sean de mi agrado o no. Estoy incluso a favor de la que le erigieron a Largo Caballero(aunque hago constar que hay españoles que todavía se preguntan porque se le levanta una estatua al Lenin de España). La considero el símbolo de la reconciliación asumida por todos.
Aquel espíritu de pacificación y de superación que se selló hace treinta años se ha venido agusanando y a medida que van desapareciendo los testigos se va extendiendo la versión de que en 1975 salimos de una tiranía execrable, de una dictadura de exterminio, de una España gobernada por una pandilla de golpistas que interrumpieron de manera abrupta una idílica situación democrática y metieron a España en un siniestro túnel que duró cuarenta años.
¡A ver que fuerza política se atreve a poner el menor reparo en la demonización del Generalísimo!. Y sin embargo, este afán de ultrajar su memoria a la vez que se exalta la de quienes con su conducta provocaron la reacción de media España, no sólo no contribuye a la mejor convivencia civil, sino que esta despertando enemistades, enfrentamientos y odios absolutamente innecesarios y evitables.
Se quitan todas las estatuas de Franco y se homenajea a Lluis Companys, de quíen el presidente del Consejo de Ministros escribió en la Gaceta de Madrid el 7 de Octubre de 1934 que había olvidado todos los deberes que le imponía su cargo, su honor y su responsabilidad.
No faltara quíen aprovechando este escrito me tache de nostálgico, si es de buen corazón, o concederme el título de "facha" con el que distinguen a los que no piensan como ellos.Tendrán sin embargo que malinterpretarme, porque soy de los que prefieren que Franco esté en la Historia y no en el presente. Esto lo hago por justicia y por un sano ejercicio de autopensamiento.
El silencio para no excitar pasiones puede ser una virtud pero llega un momento en que puede confundirse con cobardía y algunos no queremos merecer ese calificativo. Por eso me atrevo a pedir a los actuales gobernantes de Españaque, sin perjuico de cuantas reparaciones sean posibles,huyan de la tentación de vituperar a media España para tener contenta a la otra media.
Un saludo